Yo a doscientos por hora y a oscuras, acelerando hacia el abismo, hacia ese punto que ambos creíamos imposible que llegásemos, tú, confiando en el seguro a todo riesgo, con el cinturón de seguridad desabrochado, riéndonos del miedo. Como quien no teme caer al fondo porque ya ha tragado demasiado techo. Viviendo por última vez y muriendo como nunca. Cediendo a lo inevitable, a lo que ambos negábamos un día. Y aquello fue el accidente más bonito y más trágico que podíamos haber vivido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario